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Opinión | Estados Unidos | 31 octubre, 2010 1:20

Cuenta el director, guionista y productor Christopher Nolan que comenzó a crear el mundo de «Origen» casi una década antes de rodar la película. «Hace aproximadamente diez años, quedé cautivado por el mundo de los sueños y la relación de nuestra vida consciente con nuestra vida onírica. Siempre me pareció una paradoja interesante el hecho de que todo lo que aparece dentro de un sueño (ya sea terrorífico, feliz o fantástico) proceda, al parecer, de nuestra propia mente, lo cual implica que el potencial de la imaginación es absolutamente increíble. Entonces, empecé a pensar en cómo aplicar todo eso a una película de acción a gran escala con una dimensión muy humana».
Los sueños tienen otra particularidad: una vez dentro de ellos, parecen reales. «Origen» especula con la posibilidad de robar los secretos más íntimos de una persona durante ese estado de subconsciencia. «El centro de la película es el concepto de que una idea es, en realidad, el parásito más poderoso y resistente», explica el director de títulos como «Memento» y «El truco final: el prestigio». «Siempre queda un rastro de ella en tu mente… escondido en algún lugar. El pensamiento de que alguien pueda dominar la capacidad de invadir nuestro mundo onírico en un sentido puramente físico y robar una idea resulta imponente», añade.
La película está protagonizada por Leonardo DiCaprio, que da vida a Dom Cobb, un experto en el mercado negro de la mente, que se enfrentó junto al resto del equipo a situaciones extremas en un buen número de países: el calor de Tánger y Marruecos, las nieves de Calgary (Canadá)… Otros escenarios elegidos estaban situados en Tokio, París y Los Ángeles, donde el equipo de efectos especiales generó una lluvia de vehículos para una secuencia de acción que terminó con un tren de mercancías circulando en medio de una calle.
Nolan también regresó a los cavernosos hangares de aeronaves convertidos de Cardington (Inglaterra), donde ya había rodado algunas secuencias de «Batman Begins» y «El caballero oscuro». Allí, puso a prueba el sentido del equilibrio de los actores con escenarios diseñados para girar 360 grados, que desafiaban las leyes de la gravedad, y otro construido sobre un gigantesco balancín de brújula que hacía que todos se inclinasen. Si el espectador es capaz de mantener el equilibrio sobre el alambre propuesto por el director es una incógnita que deberá resolver por sí mismo.

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