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Información | España | 20 junio, 2015 17:43

Pertenezco a ese no tan reducido grupo de personas que están constantemente buscando información y culturizándose sobre cosas que, en realidad, no deberían saber. Culos inquietos de biblioteca, los llamo yo, porque el ansia de conocimiento es tan incesante que a menudo nos dan las cinco o seis de la madrugada pegados no al nuevo capítulo de la serie de televisión de turno o a una película de terror del bueno, sino a la Wikipedia. Se suele decir que tiene mucho más mérito saber mucho sobre una sola cosa que saber menos de todas, pero yo solo estoy de acuerdo a medias con ese planteamiento. Sí, especializarse es vital si lo que quieres es ingresar en el mundo laboral; pero cuando hablamos de cultura a secas, de ser una persona íntegra y con criterio capaz de usar la cabeza para algo más que para llevar un peinado, a lo que se tiende es a saber un poco de todo.

Dicho esto, yo tengo la costumbre de ir a la biblioteca al menos una vez por semana. No estudio, voy por placer, para pillar el primer libro interesante que encuentre -normalmente manuales, tiendo más a la no-ficción que a la ficción-, sentarme en una esquina y leer todo lo que el tiempo me permita. Y suelo aprender muchas cosas sobre temas que ni me van ni me vienen, pero ayer, justamente ayer, aprendí cosas sobre algo que sí que me irá muy bien: los programas informáticos de almacenamiento de información. Y es que no solo me leí los componentes y la historia del disquete, del cd o del pendrive, sino que también aprendí cosas sobre los dispositivos de almacenamiento punteros y novedosos de la actualidad. ¿Saben lo que es la nube? Bien, pues en eso consiste uno de esos programas nuevos, como OneDrive, en guardar archivos en una nube virtual.

Quise saber más, obviamente, y encontré más información en privadocs.com. Pero en esta ocasión, como les decía, también apliqué lo aprendido: conseguí el programa y guardé todas las descargas de música y las descargas de vídeo que tenía. Sí, es útil.

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