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Crí­tica | ESPAÑA | 3 diciembre, 2010 16:47

 

Algo que no entiendo de las crisis financieras: ¿como se puede tener confianza generando irresponsablemente confianza sin evitar el alto riesgo?. Acaso los bancos y los inversores no sabí­an que ellos la sustentaban cuando mantení­an los puestos de trabajo en el sector inmobiliario y derivados, con sus créditos concedidos sin demasiado celo. Los retribuidos a sueldo del mercado sostienen que era imprevisible semejante caí­da del sistema financiero.

Pero sus argumentos adolecen del más mí­nimo sentido de credibilidad. ¿Acaso no sabí­an que en Lehman y compañí­a se concedí­an créditos a prestatarios de dudosa solvencia?. ¿ Debemos creer que las inteligencias que gobiernan los mercados no sabí­an que los créditos hipotecarios hipervaluan el precio de la vivienda y que el estallido de la burbuja provocarí­a gravosas pérdidas en las economí­as nacionales?. Existe una elemental ley bursátil que nos dice que colocando el dinero en determinado sector se provoca un efecto inmediato inflacionista en sus productos.

Los bienpensantes postulan la bondad del mercado en cuanto a los movimientos bursátiles colectivos. Por ejemplo: –œnadie invierte en café si no és porque la cosecha escasea–. Sin embargo, en un mudo sin oráculos fehacientes parece lógico que los grandes inversores planifiquen sus beneficios, mediante programas de inversiones en paí­ses que desarrollen determinadas polí­ticas con el obvio objetivo de rentabilizarlas. De ahí­ su imbricación con el gobierno de las distintas naciones donde invierten, con los organismos mundiales financieros FMI y BCE. Si no preveí­an el desmoranamiento porqué implí­citamente lo acuñaron con el término –œburbuja inmobiliaria–. La mayorí­a de grandes inversores hace tiempo que recogieron beneficios de la compra-venta inmobiliaria, probablemente miles de millones que guardan a buen recaudo .

Ahora las viviendas se han devaluado drásticamente. Los modestos inversores apenas se llevaron una pequeña parte del pastel, y al contrario a algunos les sustrajeron sus ahorros del plan de pensiones. Los especuladores abandonaron el barco cuando se iba a la deriva, es decir, a los ciudadanos acreedores y a los bancos intervenidos. Aquellos bancos que han resistido deben hacer frente a la deuda privada morosa, derivando su negocio hacia sectores cada vez menos familiares. Con la creciente pérdida de puestos de trabajo muchos ciudadanos viven en condiciones paupérrimas ya que la deuda hipotecaria les asfixia. Especialmente en aquellos paí­ses europeos donde ha tenido mayor repercusión el negocio inmobiliario.

De todo lo dicho, una duda me asalta recurrentemente: ¿los mercados son culpables de semejante debacle al tendernos una trampa a los ciudadanos consistente en facilitarnos créditos con el objetivo de obtener rápidos beneficios mediante la especulación inmobiliaria o bien muy al contrario, fueron los prestatarios los que la causaron al solicitarlos a las entidades bancarias con una manifiesta actitud irresponsable?. ¿Qué fue primero la gallina o el huevo?. Desgraciadamente, una gran parte de los ciudadanos se dejaron tentar por el diablo. Ahora el mercado (una entidad sin otro propósito en el planeta que acumular riqueza) dice que prestará dinero (parte del cual se obtuvo como beneficio de su inversión en nuestro mercado inmobiliario) a nuestro gobierno, que acumula deuda a causa de la disminución de los ingresos fiscales y el despilfarro en tiempos de bonanza, pero a mayor interés e imponiéndole recortes sociales que reduzcan el gasto público e incrementen las garantí­as de pago, ya que no quieren correr excesivos riesgos. Solo paí­ses más grandes o inteligentemente orientados hacia el predominio de la economí­a productiva, menos vulnerable aunque no blindada contra la especulación, han resistido los embites del mercado según lo previsto.

A todo esto, con sinceridad, ¿ qué podemos esperar los ciudadanos de la economí­a especulativa?. Posiblemente esta crisis responda al cliché de –œla crónica de una muerte anunciada–. Los inversores con los que se reunió Zapatero, no influyen en el gobierno del mundo altruistamente, en realidad siempre están esperando pegar el hachazo para ganar dinero. Luego se presentan como filántropos que destinan su dinero a causas benéficas del tercer mundo o a la democracia. Visto lo visto, ronda por mi mente otra pregunta de mayor calado: ¿puede un pueblo, ciudadanos y polí­ticos que los representan, dejar que el gobierno de una nación sea intervenido por los intereses del mercado, caer ingenuamente en las redes que tejen sus inversores para enredarnos en sus negocios especulativos, emulando nefastamente el destino que corren los desaprensivos solicitantes de favores a la Mafia?. El futuro de estos paí­ses endeudados está fatalmente hipotecado, como dijo Sarkozy: –œlos excesos al final se pagan–.

Algunos dirán que podemos dar gracias ya que el daño no puede compararse al padecido en la crisis del 29. Sin embargo, todos los gobiernos deberí­an estar en alerta para no permitir que los mercados secuestren nuevamente la voluntad popular. Es del todo recomendable que las medidas que tomen los gobiernos, respondan a decisiones soberanas antes que a los dictámenes de los oligarcas del mercado, bajo amenaza de que quede conculcado el derecho a decidir de los pueblos. No es la primera vez que los gobiernos han sido intervenidos por el mercado, ya sucedió durante el –œcorralito– en argentina, por ello debemos pensar que seguirá sucediendo si no le ponemos coto. Afortunadamente, la repuesta a esta cuestión planteada por la presidenta Merkel en el parlamento alemán se aproximó al –œsí­, a los lí­mites al mercado–. Lo que supondrí­a interpretarlo moderadamente como un –œno– a la Plutocracia mundial y un –œsí­– a la democracia popular–. A pesar de todo, todaví­a persiste una duda que me provoca desasosiego e incertidumbre: ¿Cómo pueden los gobiernos poner lí­mites a un mercado que ejerce su influencia a escala mundial sin regular los movimientos libres de capitales?.

Lorenzo Torres Morey

 

 

 

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